Lugares de consumo, consumo de lugares… ¿Son así nuestras ciudades?

Se cumplen 50 años desde que Henri Lefebvre escribió El derecho a la ciudad, uno de los libros de referencia de la cosa urbana desde la mirada social. La obra ha dado juego y el concepto ha ido siendo remezclado posteriormente por otras gentes pensantes hasta ahora mismo, que está más en uso –y quizá más vacío de significado– que nunca. Por eso, y por celebrar el aniversario, la editorial Capitán Swing ha tenido a bien reeditar el texto original.

Hay que leerlo, claro. Hay que leerlo pero es mi deber avisar: Lefebvre era filósofo, era marxista y era francés, lo cual explica una forma de escribir tan digerible como un pot-au-feu para cenar. Superado el trago, ocurre con él lo que pasa, por ejemplo, con Jane Jacobs, que inquieta mucho estudiarla hoy. Uno tiene por un momento la sensación de que Lefebvre, como Jacobs, eran adelantados a su tiempo, capaces de retratar no sólo el presente sino el futuro de las ciudades. No es exactamente así, no es mérito de los escritores sino demérito de las sociedades que analizan, que no sólo no han sabido arreglar los desastres que recogen sus obras sino que los han llevado más lejos.

El derecho a la ciudad es un libro pequeño que cuenta muchas cosas: hace un repaso a la historia y la forma de evolucionar de las ciudades y reflexiona sobre sus actores, las mira como un sistema semiótico, se para en su relación con el campo y la naturaleza, pasa por sus crisis y se pregunta por posibles soluciones. Todo desde un análisis crítico bastante afilado y, ya digo, unos planteamientos bien extrapolables a nuestro presente.

Y eso que Lefebvre retrata un periodo en que las ciudades estaban en un proceso de desparrame, un momento de monótona multiplicación de la vida suburbana a través de casas unifamiliares y grises desarrollos de vivienda colectiva y de despersonalización cortesía del urbanismo funcionalista. Hoy, en cambio, asistimos al retorno al centro. Vuelven los residentes, vuelven las empresas y se multiplican y concentran los comercios. De la ciudad industrial hemos pasado a la que basa su economía en el conocimiento y en los servicios. Pero que esté pasando lo contrario no quiere decir que la vida no siga igual a como la retrató Lefebvre.

Hace falta subrayarlo porque hay mucho activista de la ciudad humana que celebra el cierre de un centro comercial de las afueras como un gol de su equipo o que se deja el dedo retuiteando el proyecto de Google para reordenar la movilidad de San José sin mirar con detalle todo el tomate. Es cierto, se está produciendo una vuelta a la vida urbana frente a la que era sub, hay una tendencia a dejar el coche y coger la bici y el transporte público, a ir a trabajar a lugares cercanos, a buscar formas de vida a escala asumible. Pero, ¿cómo está siendo realmente el proceso?

Podría contarse así. Las nuevas residencias del centro son urbanizaciones resumidas a lo alto, con seguridad 24 horas, zonas verdes y piscina; las viviendas se dejan pudrir para hacer reformas según los requerimientos de un mercado cada vez más alejado del mínimo común denominador; decenas de edificios se convierten en hoteles encubiertos y, por si acaso no es suficiente, se construyen aún más hoteles de los explícitos; empresas con miles de empleados vuelven a ocupar inmuebles y a marcar los ritmos de barrios enteros; el tejido comercial habitual es arrasado por multinacionales de ésas que cierran un local en las afueras por cada 30 que abren en el centro; las administraciones diseñan espacios que acaban siendo significantes vacíos; el tiempo y el dinero marcan cualquier tipo de relación social. La ciudad como objeto está pudiendo a lo urbano, que para Lefebvre es lo vivo, porque “el estado y la empresa pretenden absorber la ciudad, suprimirla como tal”. Lo de las comillas es suyo, claro, igual que esto otro que define una urbe así: “Un lugar de consumo, un consumo de lugar”.

Está pasando en todo el mundo y, por supuesto, también en España. La ciudad de las compras, la ciudad de los eventos, la ciudad del turismo, la ciudad de la cultura, la ciudad del ocio, la ciudad del negocio, la ciudad de la tecnología… Habla Lefebvre en este libro de una contradicción posible, de cómo las sociedades son, eran y siguen siendo, integradoras y segregadoras al mismo tiempo, de cómo a partir de una forma de vida homogénea y monolítica establecida de arriba a abajo se imponen guetos que permiten que nos encontremos cada vez menos.

Todo eso, insisto, ocurre ahora mismo en los centros de nuestras ciudades sin que ni siquiera los autodenominados gobiernos del cambio estén sabiendo hacer una lectura del tema. Que relean, si eso, a Lefebvre: “Sólo es posible la construcción de una nueva ciudad sobre nuevas bases, a otra escala, en otras condiciones y en otra sociedad (…) El derecho a la ciudad se manifiesta como forma superior de los derechos: el derecho a la libertad, a la individualización en la socialización, al hábitat y al habitar”.

Hace falta dejar que la ciudad se haga desde abajo. Y en esto es importante el verbo dejar. Necesitamos espontaneidad y autogestión –frente a la participación impuesta y que sólo es un simulacro–, espacio para lo lúdico –frente al ocio que no es más que otra forma de consumo– y todo esto, y aquí cambio de cenizo a optimista, también está pasando en nuestras ciudades. Hablo de Madrid, que es la que más conozco: Campo de la Cebada, Esto es una plaza, solar de Antonio Grilo, La Ingobernable… Y muchas más iniciativas en las periferias, ahora más vivas que el centro: busquen en Villaverde, Carabanchel, Usera…

Soy consciente de que en el año 2017 una ciudad no puede ser una asamblea ni una enorme zona de juegos. Sé que no se puede cambiar el modelo, ni de un día para otro ni probablemente nunca, pero creo que se puede hackear al menos un poquito. Y deseo que las administraciones no sólo pongan límite al deseo voraz del mercado sino que se dejen hacer, que permitan y protejan las iniciativas ciudadanas que trabajan tan cerca de este concepto de derecho a la ciudad parido hace 50 años por un francés de escritura espesa.

Source: Desde mi bici

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